Esta es una hembra humana joven. Llegó a la parte nororiental de la península Ibérica a inicios del otoño pasado, atraída por los flujos de la economía del conocimiento. Viajó desde la parte septentrional del sur del continente americano, atravesó el océano. Hace parte del medio millón de humanos norandinos que salieron volando en lo que la comunidad científica ha llamado la gran migración sur-norte del planeta Tierra. Fue una ruta de ocho mil kilómetros.
Empieza el día extrañada. Todavía le cuesta no ver el sol al despertar. Es una mujer ecuatorial, desacostumbrada al baile de la tierra que solo se siente en las puntas. Sigue a contracorriente una rutina que arranca demasiado temprano.
Aún le queda mucho por aprender.
Hace pocos días consiguió una bicicleta azul. También pegó en las paredes de su cuarto la foto de su hermano cuando era niño. Es algo que hacen las humanas fuera de su tierra. Replicar, a modo espejo, su vida antes del viaje. Así se ayudan a lidiar con la lejanía.
Va en la bicicleta, escucha su música, distraída. No sabe del peligro que le espera.
Las otras bicicletas aceleran el paso. Se pone alerta, pero es demasiado tarde. Una humana local, de negro, la detiene. El huesito del coxis se le mete entre las piernas, el corazón le late rápido. Ha olvidado su documentación en casa. No le entiende, no la escucha. Habla en una lengua rara, rota. Le muestra en su teléfono una foto del pasaporte. La peninsular anota sus datos. Parece que todo está bien. Intenta arrancar, la otra la detiene. Se muestran los dientes. Le han dado una multa de 100 euros por ir con la música. No hay nada que hacer. Sale con el papel amarillo. Justo antes de llorar, arranca en la bici, se gira, mira a la peninsular y ruge.
En la noche la ciudad se vuelve una fiesta, humanos con pluma, aro y sudor. Luces de colores. Baja doblando las rodillas, sacando las nalgas, al ritmo de los tambores una vez más. Un comportamiento que las humanas norandinas entrenan desde pequeñas. Otras hembras del sur la rodean, construyen manada. La ciudad es linda, la ciudad está viva, la ciudad le da, da y da. Aun así, el corazón duele.


La fascinación por los animales ha acompañado a la humanidad desde sus inicios, esto llevo inevitablemente a que las personas, de acuerdo a sus medios, fueran retratando estas criaturas que les alimentaban, producían miedo, daban abrigo con sus pieles y calor con sus grasas y otro sin fin de formas de relacionamiento entre especies. Pero todo, empezaba por la mirada.
Llegaría miles de años después un invento que iba a ser un punto de inflexión en la ya asentada tradición de observar a los animales, la fotografía, una novedosa forma de atrapar dentro de un soporte, una imagen fidedigna de la realidad. Naturalmente, este avance se desarrolló y se desarrolló, hasta llegar al punto de que alguien, comenzara a tomar fotografías en una secuencia, de un caballo corriendo, para que este ejercicio finalmente se transformara en el cine. Y este nuevo medio, permitió guardar el movimiento de un animal en una película que se pudiera reproducir una y otra vez. La fascinación por los animales solo creció, ahora era posible ver animales de lugares lejanos, como si la gente estuviese en su hábitat.
Así, realizadores audiovisuales a lo largo de la historia del cine, se han adentrado en diversos lugares a observar a los animales en sus ecosistemas, ver sus comportamientos, como construyen sus vínculos sociales y tejen una compleja red en la naturaleza que da sustento a la vida. Con el paso del tiempo este universo a evolucionado a través de diferentes voces que hablan de los animales, desde las voces que le atribuyen características humanas, hasta voces que nos muestran la fragilidad de los mismos, cuando la intervención humana acaba con sus ecosistemas.
Lo cierto es que mientras hayan animales, seguirán habiendo personas que posen sus ojos sobre ellos y que quieran mostrarnos su forma de vida.